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    Antes todo era sencillez, rusticidad, paz. Y de pronto el valle se vio invadido por las máquinas; el medio día fue roto por el grito estridente de las sirenas; los caminos se perdieron bajo toneladas de polvo y anchas vías cruzaron el verdor de los sembrados; los árboles, cercados por el humo, envejecieron y terminaron por perder sus hojas y sus nidos; y el silencio, ese bendito silencio que era como un manto protector tendido sobre el campo, huyó para siempre hacia las montañas.

 Así como el paisaje, los rostros cambiaron también. Ya no era la cara ancha y sonrosada del sembrador; ya no las mejillas frutales de las muchachas ni los ojos risueños de los niños. Eran semblantes deformados por grandes cicatrices; con hirsutos pelos que les daban apariencias bestiales o ridículas; eran pieles ajadas por el sudor, ennegrecidas por el hollín, picadas por las viruelas inclementes que diezmaron la población del valle como plaga bíblica; eran ojos asustados, huidizos, brillantes de codicia, señalados por las huellas imborrables de crímenes pasados.
    A eso lo llamaban algunos, pomposamente,civilización, progreso

. La esperanza de la patria estaba allí; con el sacrificio de unos pocos se aseguraban la tranquilidad de muchos, era necesario que el valle perdiera su aspecto bucólico, para que la nación recobrara su estabilidad económica. Al menos tales cosas decían los oradores que acudieron a convencer a los campesinos y obreros de la conveniencia de abandonar las cosechas, de trocar la azada por la piqueta, de cambiar el maíz por las piedras negras de carbón y de acabar con los mansos burritos de carga por los camiones de color rojo oscuro, como teñido de sangre.

    Los agricultores al principio ofrecieron resistencia. Pero pronto fueron cediendo: el miedo, la ambición, el dinero, el analfabetismo… Después de que se descubrieron las minas de carbón en aquel vasto territorio, llegaron de los diversos puntos de la república gentes de toda condición social, pero generalmente desheredados, fugitivos y vagabundos. Rondaron por entre los cultivos, acudieron hasta las casas hospitalarias, siempre abiertas al forastero, y en ellas fueron infiltrando la savia de sus pensamientos, el veneno de sus convicciones, el lenguaje rebuscado de sus argumentos. Entonces los dueños de pequeñas parcelas —verdes en invierno, doradas en verano— tuvieron que abandonarlas, entregándolas a la voracidad de los compradores. Algunos, inclusive, se vieron amenazados de muerte. Pero los más terminaron cediendo de buena gana, ante las promesas de un futuro de abundancia y prosperidad.

    Luego de conquistada la tierra vino la invasión mecánica: camiones, palas, grúas… Crujieron las montañas centenarias al sentir en su base la puñalada del acero; se descuajaban con quejidos casi humanos los árboles enormes de los boscajes; y las casas humildes, fabricadas de paja y barro, cayeron con sus ensueños ancestrales ante el empuje de la codicia.

    No eran malas, quizá, las intenciones de los que esbozaron el proyecto. Pero a través de centenares de labios y de cerebros diversos, las palabras y los pensamientos fueron deformándose. Y aquellos hombres silenciosos y rústicos no adivinaron lo que vendría.

    Ocurrió pronto. El valle estaba habitado por doce o quince familias regadas en todas direcciones: el rancho de los Moreno, la fundación de los Montoya, la casita de los Ramírez… Por todos lados, un nombre amigo, un rostro sonriente, una mano franca. Y luego de la irrupción del progreso, fueron decenas de familias agrupadas en barrios miserables, apiñadas como tallos de trigo. Las construcciones apresuradas crecieron como cizaña. Casas de latón, de madera, de piedras y cemento. Y de allí surgió el pueblo: Timbalí.

    Eran rostros y conciencias distintas pero era un solo idioma. Y de súbito llegaron los extranjeros: ingleses, franceses, alemanes… Desterrados los unos, atraídos los otros por la sed de fortuna, guiados los demás por intereses de variada índole. Penetraron al valle las palabras duras, metálicas, los rostros colorados y los cabellos rubios, casi blancos. Mujeres altas y pálidas reemplazaron a las hembras morenas y ardientes de antaño.

    Construyeron casas de aspecto raro, con los tejados terminados en punta, con puertas de vidrio y de metal. Y fundaron, a un lado del pueblo de los trabajadores, una especie de barrio, con calles pavimentadas. Allí vivían esas pocas familias, cuyos hombres vinieron pronto a mandar en los otros, en los dueños de la tierra. Seres rubios que decían, invadieron las oficinas, construidas apresuradamente en las estribaciones de la montaña. Y los que antes fueran amos absolutos de aquellos rincones, de los que habían huido para siempre el sosiego y la paz, se vieron obligados a obedecer a los extraños.

    Principió la explotación de carbón en gran escala. Las montañas que rodeaban materialmente el valle contenían una incalculable riqueza. Bajo la tenue capa de verduras se ocultaban millones de toneladas de mineral. Tanto, que en cincuenta años apenas si se haría pequeña mella en su inmensidad.

    Por los campos ya secos y abandonados, se tendieron los caminos metálicos. Los hombres, inclinados sobre la tierra, clavaban en su vientre largas púas de acero para sostener las líneas por las que, meses después, corrían veloces locomotoras lanzando al aire sus eructos negros, y arrastrando tras de sí largas filas de carros que transportaban carbón hacia la capital.

    Todas las escalas sociales vinieron a formar el pueblo de Timbalí. Desde los extranjeros que pisaban la tierra aquella —buena y acogedora— como dominándola, como amenazándola, hasta el pordiosero, hasta la prostituta.

    Entre los hombres atraídos por el vértigo llegó una mañana de tibio verano Rudecindo Cristancho. Era alto, delgado, de apariencia débil; la espalda inclinada siempre; los ojos

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